Issue 6
By Andrea Bernal
El Airbus de las arañas
Le gustaban las cosas difíciles, por eso siempre miraba al futuro.
Entre millones de oficios había elegido volar. Volar era aproximarse a otro espacio-tiempo. Se trataba de mirar en vertical.
El protocolo era el habitual: On, off, control de pasajeros, medidas de seguridad, centros de gravedad, combustible lleno, comprobación del sistema eléctrico, cartas de aviación, meteorología. Después siempre miraba a la izquierda y guiñaba el ojo a una vieja fotografía de Sybilla Merian, maestra, a quien tanto había admirado.
El avión se situaba a diez pies, mil pies, diez mil pies. Pero los pies no importaban. En este relato importarían las nubes.
Jane no pilotaba aviones corrientes, ni siquiera naves espaciales o utópicas. Sus aviones estaban fabricados de tela de araña. Las espidroínas habían construido un avión gigante. Miles de arañas del Complejo del Pantanal, en el estado brasileño de Mato Grosso, habían elaborado el nuevo sistema transparente de aviación. Las pequeñas ingenieras empleaban cada tarde en la construcción de la aeronave venciendo lluvia, huracanes, humedad, calor. Para encontrar el equilibrio perfecto, las arañas habían estudiado las alas de las aves más exóticas del Amazonas, pero debido a su diminuto tamaño, también las de millones de artrópodos.
El vuelo de las abejas, por ejemplo, era sumamente interesante. Las abejas tenían una frecuencia de doscientos treinta aleteos por segundo y su fuerza aerodinámica dependía del bateo, de su forma, una hélice absolutamente perfecta. De néctar en néctar, se movían por la energía que a su vez contribuía a una mayor eficacia en la aviación.
A Jane le gustaba que su avión no tuviera un rumbo recto. Jane era amiga del futuro y la inexactitud. Siempre llevaba el cabello recogido en un moño y vestía un uniforme blanco y azul. Le gustaba saludar al pasaje personalmente y sonreír a cada nuevo rostro. Sabía que lo que iba a ocurrir era algo extraordinario.
Al haber sido creado por el zigzag de las abejas y basado en tratados de polinización, los vuelos de Jane podían acabar en cualquier parte del mundo. La sensación era siempre inestable, bella e inestable.
A Jane le gustaban las cosas difíciles. Qué difícil había sido estudiar ingeniería aeronáutica, qué difícil ser la única piloto del mundo que podía pilotar el “Airbus de las arañas” – como se conocía coloquialmente la aeronave-.
Nadie pensaba, en este siglo, que tal hazaña no tuviera relación con la tecnología, que la inteligencia de pequeños seres guardase un as en la manga. Nadie pensaba en la fantasía, en lo complejo, en lo diminuto.
Cuando el avión atravesaba las nubes, éste se camuflaba con su blanco. Las transparentes larininoides, le mantenían absolutamente escondido. Camuflarse entre las nubes parecía la única forma de avanzar. Tal vez, pensaba Jane, se trataba de un modo de acercarse a lo que hemos inventado y denominado futuro.
Pero pilotar de forma transparente tenía sus riesgos, por eso las ingenieras arañas habían ideado un sistema de luz reflectante, especialmente para las noches. Habían imitado para su fin, la fabulosa luz de las luciérnagas. Tras el estudio de los órganos lumínicos situados bajo el abdomen, la luciferina comenzaba a funcionar como señal óptica, comunicándose a su vez con otras posibles aeronaves fantásticas que atravesasen su ruta. De ese modo, se protegía de choques inoportunos.
Jane avisaba todos los días al pasaje sobre la ruta de avión. La ruta de avión era siempre, y por norma no escrita, azarosa. De ese modo, cualquier pasajero del Airbus de las arañas, sabía a qué se exponía. Era indispensable ser aventurero e intrépido.
Normalmente eran niños los primeros en entrar, casi siempre eran ellos quienes insistentemente habían pedido a sus padres volar en el Airbus. Entraban dando voces y curiosos y entusiasmados: “¡Mira papá! “¡Mira, estoy sentado sobre tela de araña y no me caigo!”.
A veces traían moscas en pequeños frascos de cristal, querían ver todos los ritos de sacrificio de las arañas, pero estaba sumamente prohibido. No había check-in de seguridad, pero sí un código ético de respeto a la naturaleza y su increíble nueva creación.
Los pasajes jamás se compraban por internet. Debían adquirirse en el Círculo de aviación de artrópodos de la facultad de biología de Rosarito. Rosarito era una universidad escondida en el Amazonas que casi nadie conocía, pero donde se estudiaba magia natural y las más extrañas y bellas carreras de destreza, supervivencia, inteligencia e imaginación del mundo animal. Los dos últimos años de carrera se compaginaban con estudios de ingeniería aeronáutica, pero era imposible acceder a estossin buenas calificaciones en las otras materias.
A la universidad habían tenido acceso pocas mujeres. Jane, por su carácter curioso y su formación autodidacta como naturalista, había conseguido una beca de formación durante tres años.
Recordaba con frecuencia el bigote de su padre moviéndose de un lado a otro y diciendo: No. También a su madre caminando pensativa en la cocina: “Pero, ¿cómo vas a estudiar tal cosa?”. “¿Qué vamos a hacer contigo?”
Quizá por cabezonería o quizá por insistencia, Jane comenzó a estudiar con una constancia admirable, de modo que sus padres lo acabaron aceptando. Una carrera imaginaria, un reto, la construcción del avión más extraño del mundo.
De este modo, años más tarde, Jane se convertiría en la primera mujer en atreverse a pilotar el Airbus de las arañas. A muchos hombres les daba absoluto pavor.
En los cultivos de tomates y millo de Rosarito, entre las ceibas, bromelias y cauchos, había estudiado las geometrías perfectas y la fuerza de trescientos mil newtons, cinco veces más que el acero, en las telas de araña.
Las cosas más pequeñitas del mundo eran también las más fuertes.
En una pista larga, muy larga, casi infinita de Grosso, el Airbus araña despegaba cada día. Primero levantaba sus ruedecitas delanteras, después sus ruedecitas traseras. Las ruedas eran como aquellas boñigas de escarabajos peloteros. La familia Scarabaeidae, se había ofrecido desde siempre con sus ritos y costumbres a ayudar a la fabricación del Airbus.
Jane sentía una sensación indescriptible al despegar.
Le gustaban las cosas difíciles. Estaba acostumbrada a realizar preguntas. A la altura de unos tres mil pies empezaba a ver las copas de Pau, de los Vermelho, de los Mandrilos, los suaves meandros del Iratapuru. Se preguntaba por el tiempo, por las civilizaciones, por el ser humano, los animales, por cada uno de los hilos sueltos del mundo y su complejidad.
Desde lo alto se apreciaban las guerras y sequías, desde lo alto se apreciaba todo eso que desde el suelo quería distorsionar el hombre. Las rutas aleatorias y su parada en el tiempo - pues dentro del avión no había precipitación por llegar a ningún destino-, le permitía a ella y sus pasajeros contemplar el mundo de otro modo.
Después todo se reducía a blanco. La tela de araña se escondía entre las nubes. A veces se producían halos y el Airbus de las arañas se introducía en ellos. No era frecuente, pero cuando este fenómeno sucedía, Jane sentía que estaba atravesando el futuro.
¿Qué sería el futuro sino una invención humana de la realidad?
Cuando pensaba en sus vuelos se sentía plenamente feliz. No solo escuchaba las carcajadas de los niños con alguna que otra turbulencia, sino que entendía que el poder del Airbus residía en algo más que mera fantasía.
Pero Jane no le daba importancia a lo que hacía, no le impresionaba nada más que el gran equipo de artrópodos que había hecho posible realizar su sueño de volar. Casi todos los días, al salir de su cabaña de Poconé, se esmeraba en no pisar a sus fieles amigos, y dirigirse al coche para emprender la ruta hacia el cuidado hangar donde se alojaba su Airbus.
Muy pocos en Mato Grosso, se habían enterado de este fenómeno durante los primeros años de aviación, pero a través de las juguetonas lenguas de los niños en los colegios, la existencia de una aeronave de estas características empezaba a comentarse.
Pronto, pensó, necesitaré un segundo avión, y también nuevas compañeras que me ayuden a pilotar. ¡También niñas que quieran estudiar esta complicadísima carrera y decorar con portulacas y buganvillas el hangar!
Eso le importaba a Jane y a este relato. Arañas fabricando un Airbus común, o nosotras mismas, porque solo, solo, solo importaba volar.
POEMAS
1.
Extranjera
caminas
en el jardín exótico,
sin falsificar los dos tiempos,
las edades.
Has viajado cuarenta veces
en circular,
para llegar al mismo punto del Ródano.
En Oká te perdiste
y en Paraná te quedaste quieta al fin,
entre los ceibos,
como una flor con imperdible.
2.
Casi nada
entienden ellos,
del suelo,
sin mirar allá,
deberían pesar
de vez en cuando las montañas.
Escalan,
la cortina negra
donde busco
a veces,
el imperturbable poder
de las estrellas.
3.
Como intentar
dormir volando,
pernocta una invasión de seres diminutos.
La ciudad vacía es ahora libre.
Chocan las cartas
mientras llueve,
también estaba yo en otro siglo
equivocado.
Andrea Bernal , -Madrid, 1985- es profesora de filosofía y poeta. Su primer libro “Los pájaros” (2013) se publica en editorial Eolas y es presentado por la poeta Raquel Lanseros, Julio Llamazares y Antonio Colinas en Madrid y Salamanca. En 2016 se publica “Adiós a la noche” con la editorial Isla de Siltolá y en 2019 “Todo lo contrario a la belleza” en la misma editorial.
Ha publicado algunos poemas en inglés en la revista “Adelaide” de Nueva York .También ha participado en distintas revistas de poesía española y congresos Recientemente ha publicado “Nominalismos”, con editorial Eolas de León. Actualmente colabora escribiendo crónicas en periódicos de Lanzarote y ejerciendo su labor docente.
En mayo de 2024 se publicó “Ondina”, en la editorial Huerga y Fierro.

